domingo, 24 de septiembre de 2017




CIRCULARIDAD



   Como cada día, Doña Rosa levanta con dificultad el brazo para ser vista por el conductor del autobús, bonobús en mano. Hoy el C4 ha llegado antes que el C2. Su cojera, la cual exagera dependiendo del momento, le ayuda a que siempre alguien le ceda el asiento. Una vez colocada, recorre con la mirada los asientos contiguos y da los "Buenos días". Si el vecino de asiento le devuelve el saludo, entabla conversación de inmediato. Habla del tiempo, de lo mala que está la vida y de su nietos, lo estudiosos que son. A los hijos apenas los nombra, sobre todo después de "aparcarla" en aquella residencia donde dice que "solo hay viejos". De quién sí habla mucho es de su marido "al que Dios tenga en su gloria". 

   A Don Antonio no parece afectarle mucho la subida de la luz de la que se quejan Doña Rosa y Estefania, que intenta darle de mamar a Luisito, ya que está con los ojos puestos en otras latitudes. Luisito, una vez saciada su hambre, se dedica a tirarle de la trenza a la chica que va de espaldas, Elena, que se estrena este año en la facultad de periodismo. Doña Dolores, que suele hacer honor a su nombre quejándose de esto y lo otro continuamente, se ofrece voluntaria para sujetarlo mientras la mamá se coloca el pecho de nuevo a buen recaudo de miradas ajenas. Al alzar la vista, Estefania cruza la mirada con el conductor, Pedro, que a su vez le guiña un ojo. Mercedes, que acaba de separarse de su marido, observa el guiño de Pedro y, como por coquetería no lleva las gafas puestas, cree que va dirigido a ella. Se levanta de su asiento justo cuando Pedro da un frenazo y va a caer a los brazos de Wualele, que suelta su petate de bolsos de Carolina Guerrera para sujetarla. Mercedes se lo agradece comprándole uno. Le paga con un billete de 20€ donde va apuntado su teléfono. Al fondo, Jin Tsuo, ve  la escena y recuerda que Wualele le debe dinero. A empujones se va abriendo camino hasta llegar al nigeriano y le arrebata el billete. Mercedes se sonroja de nuevo y disimula mirando por la ventanilla. Sonríe. Su amiga Rocío acaba de subir y tiene mucho que contar de los nuevos vecinos. 

   Doña Rosa prefiere los días entre semana. Son más entretenidos, dice. Hay días que cuenta lo mismo varías veces, tantas como pasajeros pasan por el asiento de enfrente. Aunque hoy parece que ha tenido suerte. Doña Dolores, a quien acaba llamando cariñosamente Lola, no piensa bajarse del autobús hasta la hora de comer. Ya han tocado todos los temas de interés común: operaciones, medicamentos, recetas de cocina, telenovelas y por supuesto a la  Pantoja. "¡Se acabó el billete!" exclaman al llegar a sus paradas. Han quedado mañana en bajarse, para desayunar juntas, en la Ronda de Capuchinos, "donde los calentitos". Y el autobús sigue circulando…


* Relato finalista en la XII Concurso literario  por la movilidad sostenible.












domingo, 13 de agosto de 2017



AVERNO



   En la ciudad Averno la lucha diaria comienza enjuagando el letargo de noches en vela. El sudor se disfraza y se pule para dejar sitio a nuevas gotas. El comienzo del día se espera ajetreado; andar con prisas por bregar y trajinar antes de que el sol se desperece y acumule fuerza en su subida. Porque todo es pesadilla cuando el sol se alza implacable, difuso y tórrido. 

   Aquellos que lo saben tienen prisa por desaparecer de su vista, de esconderse, ya conocen los demonios que habitan sus huecas calles. Las almas deambulan acaparando sombras; luces cegadoras se reflejan sobre las paredes blancas haciéndolas arder a la vista, por eso huyen de anchas calles y se refugian en estrechos lugares donde el sol, consciente de su tamaño, no cabe. Teme quedar atrapado por sus sombras. Sabandijas sin disfraz recorren la ciudad adueñándose de ella. Los tarados andan a sus anchas sin que nadie los moleste. Ajenos sus sentidos, atrofiadas mentes sin temor al maldito. El miedo no escapa de las casas oscuras y dormidas, sólo se protege. Sedientos, los cuerpos extranjeros calman su curiosidad en palacios ajenos pagando un tributo a una fuente y a un jardín en sombras. Como si el asfalto no los esperara a la salida tarde o temprano. Expuestos a sus dañinos efectos de forma voluntaria. Sin remedio. Los paisanos que no pueden escapar al castigo saben moverse al son de un paso lento y pausado, para no llamar la atención del maldito y no caer rendido a su calor. Saben camuflarse como soldados en el desierto. 

   Unicamente al anochecer, cuando el sol se acuesta y los cuerpos respiran aliviados salen los supervivientes. La ciudad entonces recoge sus pedazos derretidos y deformes y los vuelve a amoldar a su antojo. A oscuras. Respirando tinieblas, anhelando el relente. Así día tras día, noche tras noche, en un verano eterno que parece no tener fin. 


lunes, 26 de junio de 2017


  

LAS NIÑAS YA NO QUIEREN SER PRINCESAS 


           Al grito de: "¡La primera que se siente en el banco es princesa!" corrieron todas como locas a ganarse la corona. Rizos, lazos, volantes y alguna que otra horquilla cayeron por el camino. Todas menos Laura, la mayor además de la más ágil y veloz de la pandilla, quizás por aquello de ir libre de artificios. Sin moverse de su sitio, disimulando un picor en la rodilla y el despiste propio de aquellas órdenes que no quieren ser satisfechas, vio a las demás disputarse el primer puesto. Al fin, ralentizando su paso infantil, pero no por ello menos cansado, se sentó en el lado opuesto del banco y en voz bajita, apenas perceptible un orgullo inmenso, susurró: "... y aquí, el príncipe". 



lunes, 12 de junio de 2017

                        



LA VISITA



     Subió los ocho pisos que lo separaban de la azotea aprovechando que el abuelo sesteaba en su sillón. Depositó la jaula y la mochila en el rincón donde se escondía el único triángulo de sombra. Allí mismo, escondiéndose él también -no sabía de quién o de qué- se desvistió, se embadurnó de pies a cabeza con la levadura que encontró en la cocina -al fin y al cabo ya nadie la usaba- y se colocó a la espalda las alas del disfraz de ángel que su madre le cosió, hasta bien entrada la noche, para el belén de las últimas Navidades. Luego, abrió la jaula del canario, lo agarró con sus dos manitas para que no se le escapara antes de atarle el cordelillo que uniría su muñeca a la pata del pájaro. Se chupó el dedo y lo alzó buscando la dirección del viento, agarró fuertemente las alas y juntos se lanzaron a buscar la corriente de aire que los llevaría a las nubes, confiado en que allí, su madre, lo estaría esperando.



*Relato ganador del concurso  #palabrasalviento de Zenda. 

jueves, 9 de febrero de 2017









EL ARMARIO DE LOS SENTIDOS


   Cada cierto tiempo, Lucia abría el armario para airearlo. Ventilaba así los tiempos remotos que escondían aquellas texturas, colores y olores allí almacenados de infinidad de recuerdos. No tenía esqueletos escondidos, todo lo que allí conservaba era parte de su biografía: algunos recuerdos añejos, muchos dulces y también amargos, pero todos y cada uno de ellos le contaba una historia. Lentejuelas, lazos, botones... todos habían tenido su momento de gloria, arrebato o caída en picado hacia el desaliento. Todos revivían de algún modo sus sentidos. 


   Lo primero que vio fue la estola de color violeta. La sacó y se la echó por los hombros, Como aquella noche otoñal, recién cumplidos los dieciocho años, cuando Ramón, el chico por el que suspiraban la mayoría de las ingenuas jóvenes del barrio, le declaró abiertamente su pasión por su primo, un atlético aspirante a bombero. Aquello sí que fue una salida del armario a lo grande.  La dejó temblando como un flan,  no solo por el frío que pasó tras lanzársela a la cara, despechada;   también por la sensación de ridícula ilusión que se había formado con sus desmedidas atenciones y halagos, motivados por su propio interés. "¡Qué tonta! No haberme dado cuenta antes..." pensó. 


   Del suelo rescató una cinta escarlata que había caído. No pudo contener la risa al recordar como Pedro, su primer novio formal, se había entretenido largo y tendido en deshacer los más de veinte pequeños lazos que decoraban la espalda de aquel vestido negro. El pobre no sospechaba que simplemente bajando una cremallera, escondida en el costado, se habría ahorrado un tiempo precioso de seducción. Lucia sonríe al acordarse de su cara, indignado por la cursilería femenina, mientras, mitad en serio, mitad en broma, reclamaba un libro de instrucciones para los vestidos de las mujeres. "¿Para qué tanto lazo si no atan nada?", se quejaba. 


   Al guardar el lazo en la caja de hojalata se topó con un botón de nácar de una antigua chaqueta de Pablo; aquel que, enganchado en los flecos de su bordado mantón de Manila, le unió para siempre con el que durante veinte años fue su marido. Recuerda la fingida torpeza con la que él intentaba desenredarlo, enredándolo aún más, sin llegar nunca a buen fin para, como reconocería meses después, poder permanecer a su lado toda la noche. Ella acabó por admitir que tampoco había usado la tijerita que llevaba en el bolso. "Unidos por un fleco y un botón", proclamó el párroco que los unió en matrimonio, como anécdota a su particular historia. A su feliz historia de amor. Se guardó el botón en el bolsillo de su bata afelpada, donde llevaba siempre la alianza de Pablo. Cuando murió no quiso adaptársela a su propio dedo. Pensaba que al pasar por el taller perdería la esencia que aún guardaba de él. Cuando le asaltaba la melancolía, se la ponía en el dedo corazón de la misma mano donde llevaba la suya y la giraba lentamente. Sentir las dos alianzas rozarse la reconfortaba. "Un año ya..." pensaba mientras acariciaba el botón. 


   Un olor dulce y suave, como a polvo de talco le hizo levantar la vista hacia el estante superior donde guardaba la toquilla de lana, color hueso ahora, antaño blanca, donde cobijó, arrulló y dió calor a sus tres hijos. Aspiró la lana largo tiempo hasta que la humedad en sus mejillas la colmó de añoranza. No pudo contenerse, dejó el armario abierto de par en par y se lanzó volando a llamar por teléfono. 


- ¿Dígame?- Contestó una vocecita desdentada desde el otro lado del auricular. 


- ¡Hola preciosa! Soy la abuela....



Imagen: 
"El armario abierto"
Howard Gardiner Cushing

domingo, 27 de noviembre de 2016





UNA CUESTIÓN DE TIEMPO


La cita era a las 12:00. Volvió a mirar el reloj de nuevo, las 10:05, solo habían pasado cinco minutos desde la última vez. El sol no calentaba aún lo suficiente para templar la mañana y ella se notaba el cuerpo cortado, tiritaba y sentía escalofríos. Entró en una cafetería justo en frente del edificio donde estaban citados. El ambiente estaba cargado. Era la hora del desayuno y decenas de hombres y mujeres se arremolinaban en la barra reclamando su café. Sintió una secreta envidia de aquellas personas. Parecían profesionales, seres felices, cuya única preocupación en ese momento era que la tostada no estuviera quemada, ni el café frío. Se preguntaba qué le dirían al camarero si así fuera. No los veía tirando la tostada al suelo con desprecio. Los hombres parecían educados. Las mujeres relajadas, maquilladas y bien vestidas. Charlaban unos con otros, de igual a igual, compañeros de trabajo seguramente. Ella no había hablado con un hombre de aquella manera desde sus años de instituto, con naturalidad, sin sentir miedo. Tampoco es que hubiera trabajado nunca fuera de casa. 

Se sentó junto a la ventana. Seguían los tiritones aunque sentía arder su rostro. Vergüenza o rabia. Finalmente se quitó el abrigo y las gafas de sol. Su aspecto no era como el de aquellas personas. La sombra de sus ojos no era maquillaje, ni el rubor, y los moratones asomaban por encima de su jersey de cuello vuelto. 

Llamó al camarero que se presentó con una sonrisa a la que ella no correspondió. Pidió un café y una copa de anís. Necesitaba valor para no echarse atrás y aclarar su garganta para que se oyera bien todo lo que tenía que decir. Las 10:20. El alboroto alrededor de la barra continuaba. Le mareaba todo aquel bullicio. No estaba acostumbrada a tanta gente alrededor. Sobre todo desconocidos. Dos señoras mayores, sentadas frente a ella, la miraban y cuchicheaban. Una de ellas la miraba con ojos lastimosos, como si sintiera compasión por ella. Los ancianos siempre tienen los ojos llorosos. Se preguntaba cómo serían los suyos con esa edad. A sus veinticinco  años siempre los tenía así. Aunque no llorara. 

El camarero depositó la bandeja sobre su mesa. Canturreaba sin parar. Era simpático, parecía buena persona, quería agradar simplemente, sin más. Se acordó del día que conoció a Pedro. También le gustaba cantar, también era simpático y aparentaba ser buena persona. No esperaba el cambio tras la boda. Sobre todo si aún eres joven y confiada y además no conoces mucho mundo. Pedro la conquistó en dos tardes. A la tercera cita ya eran uña y carne. Él era la uña, ella era la carne. Crecía alrededor de ella, envolviéndola para, según él, protegerla. Ella cada vez más escondida, más invisible, más vulnerable... pero enamorada y ciega.

Las 10:40. Miró su móvil. Ocho llamadas perdidas. Quince mensajes. Todos de Pedro. Todos con una sola palabra: PERDÓNAME, en mayúsculas, y corazones y flores y caritas sonrientes. Sintió asco. Cada vez que sonaba el teléfono ella tiritaba. Escalofríos. Sudores. 

Miró alrededor y vio una cara conocida. Era Sofia, una amiga de la escuela a la que no veía desde hacía años. Levantó el brazo para llamar su atención arrepintiéndose de inmediato. Pero no la vio. Mejor así, pensó, no tenía ganas de mentir sobre su vida. De admitir que no era la jovencita que se iba a comer el mundo. La romántica que soñaba con el amor. 

Volvió la vista hacia la ventana para mirar la calle y vio a su abogada entrando en el edificio. La admiraba. Era una mujer independiente, trabajadora y libre. Cualidades que ella no poseía. O no creía poseer. Él le repetía continuamente  que no valía para nada, que era una inútil. Lo peor es que acabó creyéndole. Soñaba con que algún día pasearía por la calle sin mirar el reloj, sin preocupaciones, sin pensar que algo, o alguien, pudiera estar torcido. 

Eran ya las 11:10. Llamó a su abogada para comunicarle que estaba allí, en la cafetería de enfrente. ¿Un café?. Aceptó y volvió a salir del edificio. Se cruzó con Pedro que entraba junto a su madre. Su puñetera suegra. Tan comprensiva, tan benevolente, tan machista. Para una madre su hijo es lo mejor del mundo. ¿Que venda nos ponen a las mujeres en los ojos? Siempre disculpándolo, siempre criticándola por no ser como ella le hubiera gustado que fuese, siempre haciéndola sentir un insecto, malmetiendo en su propia casa. Pedro era un buen hijo para su madre, pero no era un buen marido. Un buen marido no azota, ni empuja, ni te insulta, ni prohíbe, ni te aísla de tus seres queridos, ni te obliga a hacer lo que hace tiempo ya no te apetece, al menos con pasión. No humilla. 

Vio como Pedro hablaba con su abogada en la puerta del edificio. Esta miraba el reloj, las 11:20, y le negaba rotundamente con la cabeza. Quería bajar las escaleras e irse, pero Pedro la agarraba del brazo. Sintió una punzada en su pecho, de miedo, "a ella no, por favor, a ella no", rogó mordiéndose el labio inferior. Pero recordó que en público se comportaba como un hombre respetuoso. Todo era diferente dentro de casa.

La abogada entró en la cafetería y con una sonrisa de triunfo esperanzador se sentó con ella. Le agarró las manos y le infundió confianza. Le dijo que pronto acabaría todo, que no temiera. Una nueva vida. Lejos. Entrelazó su brazo con el suyo y juntas cruzaron la calle. La cabeza bien alta. El sol de mediodía y la firmeza calentaban sus huesos. Había dejado de tiritar. El miedo se disolvía. Faltaban quince minutos para las doce cuando las dos mujeres entraron en el Juzgado. El mejor final feliz era la ilusión de un nuevo comienzo. 





*El eslogan de este cartel fue creado por mi hijo. (Disculpen mi pasión de madre)



sábado, 12 de noviembre de 2016




LA BIBLIOTECARIA


A las 12 en punto cierra "El Cafebook", una antigua biblioteca reconvertida en garito de moda, donde se funde cultura y gastronomía. Hace mucho tiempo, en aquel lugar,  ocurrió un trágico suceso. La leyenda urbana cuenta que el marido de la bibliotecaria, hombre rudo y celoso, fue asesinado por el guardia de seguridad, supuesto amante de esta, cuando se vio descubierto en pleno arrebato. Las crónicas de los periódicos, sin embargo, relataron en su día, que el marido, entró a robar usando las llaves de su mujer y el guardián lo pilló infraganti. Lo cierto es que dichos acontecimientos permanecen en el más absoluto misterio, debido a que  también aquella noche, durante la refriega , perdieron la vida el vigilante y la bibliotecaria. Ambos amantes de los libros.  

Esther, una de las empleadas del nuevo negocio, es siempre la encargada de cerrar el local de forma voluntaria. Sus compañeros de "El Cafebook" murmuran a sus espaldas y critican sus rarezas. Esther posee una belleza antigua y melancólica, aunque pálida y ojeruda. Nunca  le han conocido pareja; ni siquiera saben hacia que palo tiran sus gustos, si es que los tiene. A veces disponen para ella encuentros "casuales" con amigos, pero siempre parece aburrirse y acaba escabulléndose del lugar sin dejar rastro. No hace uso de sus días libres; es el comodín perfecto para cambiar turnos. Los demás, con sorna, le preguntan si cree que va a heredar la empresa. A lo que ella responde con una sonrisa burlona y un misterioso silencio, como poseedora de un alto secreto.

No es la primera vez que las cámaras de seguridad captan cómo Esther habla mientras hace su trabajo. La ven charlar a las sombras de los carteles del menú, a la barra y al infinito, sin más. Sus monólogos se interrumpen a veces con largos silencios pero atentas miradas y gestos en su rostro, como si participara de una interesante conversación. A veces sonríe, otras se aflige y a ratos se angustia. Se lleva horas y horas recolocando los libros cuidadosamente en sus estantes, en una labor metódica y disciplinada. Y todo sin parar de hablar, como solía hacerlo antaño Doña Esther, la bibliotecaria, con el vigilante. 


Imagen:
"Muchacha leyendo"
FRAGONARD